Insulinas retardadas

El reciente desarrollo de las insulinas retardadas o insulinas depósito ha ayudado a superar uno de los inconvenientes prácticos de la terapia insulínica que constituye la necesidad de practicar diversas inyecciones a lo largo del día y a una hora determinada, por lo que, para muchas personas, supone un trastorno considerable y una molesta esclavitud.
Descubrimiento de las insulinas retardadas
El principio se realizó en 1936 por parte de Hagedorn con el insulinato de protamina, preparado que fue perfeccionado más tarde con la adición de pequeñas dosis de cinc (insulinato de cinc-protamina), que es objeto, en los tejidos, de una separación muy lenta, liberando la insulina activa en un tiempo relativamente largo.
El descubrimiento de estas insulinas constituye una ventaja considerable en el tratamiento insulínico: con las mismas se obtiene en efecto una absorción más lenta y más prolongada del fármaco activo y se consigue mantener constante el nivel de insulina en la sangre practicando una sola inyección al día.
El efecto de una inyección subcutánea de insulina común empieza al cabo de media hora, alcanza su punto máximo después de 2-4 horas y se extingue a las 8 horas. En cambio, la inyección de insulina retardada alcanza su efecto máximo después de 4-5 horas y dicho efecto se mantiene fijo durante mucho tiempo, agotándose a las 24-36 horas.
Con la utilización de las insulinas retardadas será suficiente practicar una sola inyección al día, introduciendo en una sola vez toda la dosis de insulina necesaria para las veinticuatro horas. Es conveniente practicar la inyección por la mañana, de tal manera que su efecto máximo se desarrolle durante la absorción del desayuno y de la comida del mediodía.
Para que la acción de la insulina se desarrolle de manera uniforme, es oportuno no obstante que la alimentación esté fraccionada en 4-5 comidas diarias. La dosis media a inyectar será de 40-50 unidades, según la gravedad del caso y el grado de hiperglucemia; es conveniente empezar con dosis inferiores a la suma de unidades de insulina común que se deberían aplicar, aumentando después de algunos días, de acuerdo con el comportamiento del metabolismo.
Es bastante delicado el paso de un tratamiento con insulina común al de insulina retardada, ya que este paso debe ser gradual, disminuyendo progresivamente la primera y aumentando la segunda hasta realizar una substitución total: es necesaria, por tanto, una asistencia asidua del médico, que deberá basarse en un control frecuente de la glucemia.
La utilización de insulinas retardadas constituye, como ya hemos dicho, un método de considerables ventajas, pero también presenta alguna limitación.
Las ventajas son, sobre todo, las de reducir el número de las inyecciones y de realizar, en conjunto, un ahorro en el consumo total de insulina; además, el nuevo método de tratamiento permite una regulación más constante del metabolismo de los hidratos de carbono, sin las fluctuaciones que son inevitables con las inyecciones distanciadas de insulina común.
Por otra parte, por la misma lentitud con la que es absorbida la insulina, no posee una acción muy inmediata, por lo que no puede resultar indicada cuando se trata de bajar rápidamente una hiperglucemia muy elevada o de eliminar una amenaza de coma diabético; en estos casos será necesario recurrir de nuevo a la insulina común, inyectada eventualmente por vía intravenosa.

 

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